El cerebro mágico de David Byrne

Via Clarin

Foto: Andres DElia

Por José Bellas

Hay trinos tras el telón. El amanecer del show que ofrece David Byrne en el Grand Rex, el día después de la suspensión de la tercera fecha del Lollapalooza 2018, será recordado como aquel en que la música se reseteó después de la tormenta. El convocante fue el médium pero, como hace muy pocos días dijo Charly García, la música ya estaba hecha.

Ahora, en el principio, Byrne está sentado en el medio del escenario. Sobre la mesa hay un cerebro hecho de material sólido, y su traje gris, la ropa de fajina que también se traslada a los once músicos que luego lo acompañarán, lo confunde con un profesor de anatomía. Va descalzo. Empieza a cantar Here, tema de American Utopia, su primer álbum de nuevo material solista en 14 años, y en él cuenta que hay demasiados sonidos como para que nuestro cerebro los comprenda. “Aquí hay algo que llamamos alucinación: ¿es la verdad o simplemente una descripción?”, se pregunta mientras juega a Hamlet sin la carcaza ósea, sosteniendo la réplica de materia gris en su mano izquierda.

Foto: Andres DElia

En ése momento ingresa al público a su matrix. Pocos músicos en la historia pudieron soldar la supuesta disociación entre materia gris y baile (¿lo apolíneo y lo dionisíaco?), como el hombre que ahora ofrece esa cátedra con música. El tema sigue adelante, pero el show ya está spoileado. Durante una hora y media, todo lo que pase entre los sesos, el corazón y los pies tendrá el mismo hilo conductor, la misma descarga. La misma búsqueda, con variable de resultados.

El contexto de su clase magistral no es un simple decorado. La escena se desarrolla en una triple (falsa) pared de hebras de fibra de vidrio que simulan una jaula gigante, que se irán reformulando con sutiles y asombrosos modos de iluminación. Los once músicos (ninguno con algún instrumento que lo sujete al piso) intercambian posiciones. Si fueran un equipo de fútbol, serían Holanda del ’74: no hay terreno fijo, todos atacan (y acatan) el silbato imaginario de su jefe: nadie descolla, pero todos son figuras. El cantante baila como si un titiritero sin pulso le acelerara los movimientos de Tai Chi, mientras nos hace asomar a una de sus peores pesadillas, la de su clásico de los tiempos de Talking Heads, Once in a Lifetime. La del hombrecito parado frente a sus pertenencias materiales que no sabe explicarse a él mismo cómo llegó hasta ahí, ni cómo vivir de otra manera.

Foto: Andres DElia

No es casual que Byrne haya promocionado este tour como “el más ambicioso desde Stop Making Sense”, en alusión a su tour de 1984 al frente de Talking Heads, que fuera hecho película por el director Jonathan Demme. Atrás de él, bailan y cantan el colorado Chris Giarmo y la morena Simi Stone, como si fueran esciciones de su conducta. El set de percusión es un seleccionado organizado por Mauro Refosco, un viejo aliado de Byrne, del que participan Tim Keiper Aaron Johnston, Gustavo Di Dalva, Davi Vieira y Daniel Freedman. El tecladista Karl Mansfiel remeda el estilo de su par Bernie Worrell (Funkadelic) en el viejo tour de la ex banda de Byrne y la guitarrista Angie Swan es una revelación de economía y recursos. En una fila de las de adelante, casi todos los integrantes de La Portuaria, la banda local que más le adeudó al legado de Talking Heads, miran como embobados.

Foto: Andres DElia

Junto a ese enjambre vital, Byrne se corona como el Carl Sagan del pop. Pero su versión es la de un tipo al que le hormiguea el cuerpo mientras traza una línea paralela de las coordenadas musicales que unen a Malawi y Nueva York, entre Cuba e Indonesia, de Bahía a Bulgaria. Y nos recuerda que, al fin y al cabo, todos somos monos apenas evolucionados bailando frente al monolito de 2001, odisea en el espacio. Born Under Punches (del disco Remain in Light, Talking Heads, 1981) prueba ser tan efectiva como la ternura de Everyday is a Miracle (de American Utopia, 2018), un ejercicio de poptimismo zen a cargo de un tipo atribulado que considera que el mejor momento del día es aquel en el que puede perderse en el mapa de una ciudad pedaleando una bicicleta.

Sobre la hora y media de show, en situación de bises, en lugar de contentar su ego derramando algún clásico de su extensa obra prefiere abordar Hell You Talmbout, un tema contemporáneo original de Janelle Monae en su versión más rítmica: un gospel urbano dedicado a recordar “los nombres de personas que fueron asesinadas por la policía”. El eco llega profundo y sentido, denuncia & trance para un Byrne que saluda y deja la jaula con la camisa empapada de sudor y los hombros contorsionados de emoción.

November Radio David Byrne Presents: The Power of Song to Give Voice is Eternal

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